Miércoles, 28 de Junio de 2017

El arte poliédrico del indómito Bruce Conner.

Las 250 obras que acoge la primera planta del edificio Sabatini del MNCARS dan la sensación de pertenecer a distintos autores y, de hecho, tienen diferentes firmas, pero todas salieron de las manos de Bruce Conner, un artista cuya carrera se recorre por primera vez en Europa con una retrospectiva.

De carácter multidisciplinar —artista del ensamblaje, dibujante, performer, fotógrafo punk, cineasta experimental y recolector de basura en la calle—, Bruce Conner está considerado actualmente como uno de los creadores más importantes de la escena alternativa estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, aunque no siempre gozó de ese reconocimiento.

Según explica Manuel Borja-Villel, director del MNCARS, “el propio Conner se definió a sí mismo como antiartista, reinventándose cada día a través de una propuesta crítica con una sociedad que vivía subyugada por el temor de una hecatombe nuclear, con la violencia en la cultura estadounidense, con la cosificación del cuerpo femenino y el consumismo, erigiéndose pionero en llevar la transversalidad al arte.”

Para Rudolf Frieling, uno de los comisarios de la muestra, “Bruce Conner. Es todo cierto” —iniciativa del Museo de Arte Moderno de San Francisco— nos permite descubrir el legado frágil, cambiante, efímero y desafiante de un autor poco visto en Europa; un trabajo que con el paso del tiempo lo ha convertido en uno de los artistas más influyentes y contemporáneos.

La exposición, que permanecerá abierta al público hasta el 22 de mayo, requiere tiempo para visitarla y la premisa de abrazar el conjunto para entender todos sus cambios, algo que se ha logrado en las salas del edificio Sabatini, donde convive una selección del quehacer que configura el universo del prolífico Conner.

La retrospectiva permite al espectador sentir el desasosegante efecto de “Child” (1959), una obra que respondía a la inminente ejecución de Caryl Chessman, condenado por violación, robo y secuestro y que, aunque se expuso varias veces en la década de los sesenta del siglo XX, su rápido deterioro la había mantenido fuera del circuito expositivo hasta su minuciosa restauración.

A estas esculturas oscuras pertenece también “Crucifixion” (1960), una pieza de gran formato con un Cristo de cera negra de más de dos metros de altura, en la que Conner aborda sus inquietudes desde la perspectiva del sacrificio y la mortalidad.

También se puede observar parte de su producción cinematográfica, generalmente de orientación política y que, gracias a sus bandas sonoras con música pop, se considera de los primeros antecedentes del videoclip.

Se exhiben además varios de sus ensamblajes con materiales recogidos de la calle y de tiendas de segunda mano, entre los que las medias de nailon que asemejan ser telarañas son un elemento recurrente.

Otro de los contenidos corresponde a su breve estancia en la Ciudad de México, entre 1961 y 1962, donde se inspiró en la espiritualidad que domina la vida cotidiana del país y recurrió a objetos de su casa, incluidos unos zapatos. A esta época pertenecen el filme “Looking for Mushrooms” y el dibujo “Holy Mushroom”, en los que el hongo de una bomba nuclear se transforma en un hongo psicodélico y sagrado.

Tras regresar a Estados Unidos, el dibujo centró buena parte de su producción, con obras de gran densidad gráfica, creadas con tinta o rotulador, que demuestran la importancia de lo efímero en su trabajo, ya que en algunas de ellas el tiempo y la luz han borrado parcialmente los trazos. Destaca, como un hito en la evolución de su estilo, “23 Kenwood Avenue” (1963).

A mediados de los años setenta comenzó a experimentar con dibujos con manchas de tinta, que recuerdan al test de Rorschach. Muchos de ellos fueron expuestos, con nombres de sus álter ego —Anonymous o Emily Feather, entre otros—, poco después de anunciar su “jubilación” en 1999.

“Ángeles”, una serie de fotogramas en blanco y negro, y las imágenes que tomó en conciertos de los principales grupos de punk de San Francisco desvelan otra de sus facetas.

En “Bruce Conner. Es todo cierto”, también hay espacio para sus collages con grabados y abundante documentación que permite adentrarse más en la personalidad de este complejo artista.

Texto: EFE.

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