jueves, 14 de diciembre de 2017

Buscando la esencia de los tripeiros.

Puente de Don Luís, río Duero. Fotografía de archivo.
Puente de Don Luís, río Duero. Fotografía de archivo.

En el norte de Portugal, a orillas del Duero, nos encontramos con la encantadora y serena ciudad de Oporto, bañada por el mar y por ese elixir de los dioses que lleva su mismo nombre. La ciudad se extiende a lo largo del río, formando una laberíntica extensión de callejuelas y plazas antiguas. Una amplia historia la convierte en una de las poblaciones más antiguas del Viejo Continente. Su ambiente nos hace detener en el tiempo: la vida transcurre con tranquilidad en la ciudad de los pescadores, el casco antiguo protegido por murallas romanas donde las casas se amontonan unas sobre otras.

Oporto se caracteriza también por los puentes que cruzan el río y unen la ciudad con Vila Nova de Gaia, zona de cavernas en las que reposa el conocido vino porteño. Muy recomendable, casi obligada, es la visita a las cuevas para ver cómo desde 1910 apenas ha cambiado el proceso artesanal de fermentación de esta bebida. “Los portos dan alegría a los tristes y audacia a los tímidos”, mostraba a principios del pasado siglo el anuncio de la empresa Ramos Pintos. Hacer una ruta de vinos por la ciudad es uno de los mayores placeres que el visitante puede experimentar.

Hacen falta varios días para conocer a fondo la riqueza histórica de Oporto, que en otros tiempos fue llamada Calé para después ceder el nombre a Portucale. Pero en pocas horas se puede sentir el espíritu de los tripeiros, como denominaban los portugueses a sus habitantes debido al sabor de su plato más típico: los callos al estilo de Oporto. Los portugueses viven con un ritmo acelerado que acompañan siempre con una amable hospitalidad. Un antiguo dicho del país afirma que mientras Coimbra estudia, Braga reza y Lisboa se divierte, Oporto trabaja. Es este empeño una característica fundamental de la capital del norte de Portugal aunque, por otro lado, todo el mundo sabe que en la ciudad las fiestas y romerías se celebran a lo grande. La más popular es la noche de San Juan, del 23 al 24 de julio. Este día todos disfrutan de un plato de sardinas y unas cuantas copas de tinto.

En los últimos años, la ciudad lusa ha experimentado un crecimiento notable y su identidad cultural ha sufrido una cierta desnaturalización. Aún así, mantiene en sus barrios una forma de ser que confiere a sus habitantes una personalidad propia, fácilmente perceptible al forastero. Lo cotidiano se basa en la vida de barrio, alimentada por fuertes y, en ocasiones, antagónicas relaciones vecinales; pero en el trasfondo de ello subyacen múltiples formas de asociación popular. Ciudadanos que se exaltan, hablan alto, y a veces son un tanto altivos. Pero estas no son más que formas de expresar un intenso y excesivo modo de entender la vida, en una afirmación inconfundible de identidad.

Texto: Patricia Peláez.

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