viernes, 22 de septiembre de 2017

Vivisección: la cámara de los horrores.

Activistas de AnimaNaturalis protestando en la Plaza de España, Madrid. Fotografía: Dani Pozo.
Activistas de AnimaNaturalis protestando en la Plaza de España, Madrid. Fotografía: Dani Pozo.

Cada año 250 millones de animales mueren en los laboratorios de la forma más terrible y cruel, sometidos a mutilaciones, sustancias abrasivas, descargas eléctricas y un sinfín de brutalidades. De todos estos experimentos, tan sólo el 10% corresponden a la sanidad, siendo el 30% destinados a la cosmética y el 60% para ensayar armas letales. La mayoría de los productos de droguería o farmacia han sido testados en animales; así, se alimenta por la fuerza a perros o gatos con lápiz labial o se les aplica detergente en los ojos, provocándoles la ceguera entre fuertes dolores.

Notables científicos de todo el mundo se han manifestado en contra de la experimentación animal por inútil, cruel y peligrosamente errónea. Son muchas las razones que justifican la interrupción inmediata de tan magna estafa perpetrada a expensas de los animales y de la opinión pública. Razones científicas: los datos proporcionados por los experimentos con animales son falsos, caóticos e imposibles de extrapolar al ser humano. Razones jurídicas: los experimentos con animales no ofrecen garantía ni al paciente ni al consumidor, representando un grave riesgo para la salud. Legalizar tales pruebas es legalizar la distribución de sustancias tóxicas capaces de causar un genocidio. Razones éticas: en un mundo civilizado ninguna clase de tortura es tolerable. El respeto por la vida es universal e incluye también a los animales.

Existen múltiples alternativas que ya han demostrado su fiabilidad para obtener información valiosa sobre los efectos de cualquier sustancia, así como de las causas y tratamientos de las enfermedades. Pero, en tanto no sea prohibida, la vivisección seguirá infligiendo un atroz tormento a millones de animales; cada hora, alrededor de 125.000 son torturados en los laboratorios en nombre de la Ciencia.

Texto: Patricia Peláez.

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