lunes, 25 de septiembre de 2017

MAPAMUNDI (de los afectos griegos).

Bandera griega junto a la estatua de Sócrates en Atenas. Fotografía: Yannis Behrakis.
Bandera griega junto a la estatua de Sócrates en Atenas. Fotografía: Yannis Behrakis.

Grecia ha sido de toda la vida mi segunda piel, quizás entre otras razones porque allí los excesos son norma: la luminosidad que apenas si se deja atrapar por la noche, las estrellas que te aplastan mientras viajas por el Egeo, hasta la sequedad misma de las pequeñas islas sin nombre ni habitantes resulta arrebatadora para quienes procedemos del Atlántico norte, del orbayu y el cielo panzaburro.

Hablo de excesos sobrevenidos, claro, de esas situaciones que no puedes evitar, del “destino” al modo y manera que interpretaban las Moiras, las personificaciones griegas, entre las que Afrodita era la más notable. ¿Qué pensará hoy la diosa ateniense al ver el derrumbe, no ya de un país sino de toda una cultura de la que ella fue mito, arte y parte?

Cuando hace dos años el escritor Petros Márkaris visitó la Semana Negra algún colega le insistió hasta el agotamiento (del escritor, no de quien preguntaba) para que hablase de la situación política que se vivía en Grecia, con un gobierno conservador aplicando a rajatabla las tablas de la ley de la troika y una izquierda radical en ascenso llamada Syriza que anunciaba el renacimiento de sus cenizas del Ave Fénix. Márkaris no quiso responder pero su silencio de entonces resultó esclarecedor: no confiaba en quienes hacían promesas imposibles amparándose en la justa indignación de los griegos.

Como es bien sabido, Syriza acabó ganando las elecciones generales (por cierto, formando gobierno con la derecha nacionalista), pero las promesas se tornaron muy pronto en decisiones que han provocado ya tres huelgas generales, tres; recortes en las ya escuálidas pensiones; venta de empresas públicas (¡hasta el puerto de El Pireo!); y lo que es peor, la sensación de que Grecia se hunde definitivamente.

Hasta las ajadas columnas de la Acrópolis que pudieron resistir las batallas con el turco y el pillaje arqueológico y artístico de franceses, alemanes e ingleses, son hoy un pálido reflejo de su historia y tan sólo el sacrificio de los más débiles —¡qué paradoja!—, de los que sufren día a día la dura crisis, permite evitar el derrumbe definitivo.

Por cierto, Petros Márkaris volverá el próximo mes de julio a la Semana Negra, a Gijón, para presentar su última novela, ¿insistirá mi colega en sus preguntas?

Texto: Pedro Alberto Marcos.

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