jueves, 14 de diciembre de 2017

Terrorismo del poder: ética y estética.

En la imagen, Albert Rivera y Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados. Fotografía: Daniel Pozo.
En la imagen, Albert Rivera y Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados. Fotografía: Daniel Pozo.

Hace unos años, hablando con Gustavo Bueno, este, con su vehemencia habitual, me decía que la ética era una “patochada”. Según él, era un concepto hueco, sin sustancia. Yo, en aquel momento, me quedé estupefacto, sin alcanzar a entender del todo a qué se refería.

Cuando empecé el bachiller fui uno de esos “bichos raros” que eligieron la asignatura de Ética como alternativa a la Religión. Éramos una docena versus el resto, unos 300.

Disfrutaba de la Ética; me hacía entrever las virtudes de la filosofía pero, a la vez, me llevaba a un mundo un tanto metafísico que poco tenía que ver con mi entorno cotidiano. A la vez, me empeñaba en “tocar la tierra” y así desarrollarme en los ámbitos vitales acordes a la pubertad. Ya por entonces me chocaba la poca relación que tenía la vida ordinaria con lo que la Ética nos iba desvelando. Me percataba de que las relaciones humanas poco tenían que ver con lo que en dicha materia estudiábamos y debatíamos los “doce extraños en este tren que es la vida”, parafraseando a Sir Alfred Joseph Hitchcock. De cualquier forma, después de apasionados debates salía de clase con la sensación de haber descubierto algo maravilloso, si bien era más vanidad que una herramienta útil para el día a día.

Ante esta dicotomía, me esforzaba en mantener el cuerpo y el espíritu en forma, enfrentado a la cruda realidad que se imponía en el quehacer diario. Es más, me gustaba “bajar a la arena” de la vida sin entender bien ese espíritu gladiador y de circo romano de mis semejantes.

Lógicamente crecí y sobreviví, comprobando con tristeza que lo que me decía hace casi una década el profesor Bueno “es lo que hay”. Los planteamientos que propone la ética son muy bonitos y loables, sí, como las leyes y los modelos teóricos que nuestros políticos y algunos serviles chupatintas crean en ese “buenismo” barato tan de moda.

Recordando a Kierkegaard y sus disquisiciones en torno a la Ética y la Estética, hoy veo claro que lo segundo está muy por encima de lo primero. Tengo la sensación de que en mi subconsciente siempre habitó esta certeza, ya que si no hubiera sido difícil seguir aquí, y por tanto, fui aprendiendo a ser  fuerte dejando la ética un poco atrás aunque reconozco que no lo suficiente como para ser tan resolutivo como este mundo requiere.

Seguimos las leyes de Darwin, la supervivencia es nuestro único objetivo y creo que para ello poco nos va a servir la ética y sí mucho la estética. La imaginería religiosa siempre tuvo muy claro este concepto, la imagen por encima de la moral.

Lo bello se impone a lo bueno, es el destino de una humanidad que vive bajo el Síndrome de Stendhal, sin darse cuenta. Aún más, si cabe, las mentes más excelsas, incluso, trágicamente, como en aquella “Muerte en Venecia”.

Los 300 “ganaron” en el paso de las Termópilas. Aquí, también. Bueno, no siempre, en alguna ocasión la ética valió. Bendita excepción.

Texto: José Luis Santos Lobato.

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