lunes, 25 de septiembre de 2017

Historia de una distopía de barrio.

Vista de la Avenida de la Albufera, Madrid. Fotografía: nitrocelulosa.tumblr.com
Vista de la Avenida de la Albufera, Madrid. Fotografía: nitrocelulosa.tumblr.com

La distopía de nuestros locos. Eso pretenden hacernos creer. No es doctrinal esto que digo, con los ojos vueltos sobre la Albufera y la vista detenida en sus gentes, en los puestos otoñales apiñados, en los otros puestos menos amables y con resol de navaja, que son un mercadeo de baratijas, de cargadores de móvil, de zapatos sin su par, pero que levantan la tarde muerta de domingo como ninguna otra cosa que yo haya visto por aquí.

Madrid no es París, esto no es Montparnasse, pero desde luego tampoco hay representación ficticia de nada, ni se es garante de alienación humana alguna. “Aquí ha quedado un barrio de mucho color”, restallan las señoras si me acerco y pregunto, por el Bulevar o por Peña Prieta, intuyendo quizá alguna cámara de televisión, el hecho del día, y dándome en el mapa arrugado de la cara un camino de certezas, hacia el corazón de estas calles.

Uno es que ha dejado de colocar las culpas al de al lado.
Y así que una distopía…

No. Aquí las características negativas, si las hay, vienen impuestas desde arriba, en favor de otros barrios de más bronce y lámina, como los que albergan algún Corte Inglés —hecho que sería buen barómetro del nivel de privilegio de un barrio; si tiene Corte Inglés. De esto sabe mucho el Ayuntamiento—. En Vallecas se tiene la impresión de estar siempre en elipse, sacando barro de un dique insondable, sobre el que llueve fama mal ganada. “¿Y a qué si no a Trueno podemos jugar aquí?”… En Vallecas se juega a Trueno porque no hay recambio para la abejita arrancada del parque infantil. Pero esto no desanima a nadie. ¿Desaniman acaso los vuelcos de tos mal atendidos, los contenedores quemados repuestos a los dos meses, la desatención higiénica de algún rincón de lance amoroso?

Se vive en continuo pasmo, en una confusión de deuvedés pirata y tiendas de alimentación, y a las sornas del Madrid moderno contestamos con mohínes y altura de barbilla. La realidad no extingue nada aquí, sino que aviva el deseo, y a la curva del corazón añadimos ingredientes de cualquier hemisferio, tal es la variedad de nuestras gentes.

“En cuanto lo dejo solo, se me pone a escupir sangre el muy sinvergüenza.”
“Hay que aceptar la subida de precios.”
“Pues es que no remonto, Herminia.”
“¡Walter!”
Y así.

Se acoda uno en la parada del Metro como si asistiera a un cónclave sin convocatoria, y las filosofías más extrañas son de enredarse en todas las bufandas.

Pero están las franquicias de comida rápida, también, con sus técnicas de solivianto a pymes y cabezas de familia, y por el entorno del Puente hacen sus peores desmanes. La última ya la conocen los que leen estas líneas, la madre de todas las franquicias, el nuevo McDonald’s de la Albufera. A saber: aspecto futurista, preservando la estructura centenaria del frente. I+D+porfavor.

Lo que pasa es que se ensancha Madrid, y lo que nunca habría llegado aquí hace diez años, se perpetra ahora. Sólo falta el Starbucks. Lo que un día fue la carretera de Valencia, en binomio de Albufera, con su tráfico bovino y sus negocios familiares, hoy es un arco de bienvenida a fabulosos lobbies. Y a cualquiera que quiera aparcar sus bártulos, todo sea dicho. Y si están de acuerdo conmigo, aventúrense por cualquiera de estas plazas, ya verán si no cambian de opinión.

Conque de distopía nada.

Texto: Martín Parra.

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