jueves, 14 de diciembre de 2017

Otra versión de la literatura, por un androide.

Sean Young como Rachael Rosen en la película “Blade Runner” (1982) de Ridley Scott.
Sean Young como Rachael Rosen en la película “Blade Runner” (1982) de Ridley Scott.

— Es una estupidez de personaje. Por favor…

— ¿Porque la historia sucede en una nave espacial? Seguro que si la película estuviera ambientada en una fábrica, una granja o algo así te encantaría.

— Diálogo de “Viaje a Sils Maria” (Olivier Assayas, 2014).

Si eres de los que leen ficción para enterarse de qué va eso de ser “un puto ser humano” (palabras de Wallace), te sugiero que busques una copia de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (Doubleday Books, 1968) y le eches un vistazo al capítulo 16. Antes de seguir dejo una advertencia: aunque esta es la obra que inspiró “Blade Runner” no comparte con la película algunos de sus elementos más icónicos. Los neologismos “blade runner” y “replicante”, por ejemplo, no aparecen en el libro de Philip K. Dick. El llamado soliloquio de las lágrimas en la lluvia fue una modificación de última hora que Rutger Hauer le hizo al guión, y por tanto exclusivo de la versión cinematográfica. Lo que sí existe en ambas versiones es el encuentro sexual entre Rick y Rachael. En pantalla, el affaire se beneficia de la atmósfera gaussiana de la cinta y de la banda sonora de Vangelis, pero la parte de esa escena que me interesa, el mejunje del invento, sólo existe en el capítulo 16 de la novela. Una vez aclarado que me voy a referir al libro nada más, y lamentando no poder utilizar por tanto la palabra “replicante”, digo “replicante” una vez más y continúo: ¡Replicante!

Capítulo 16. Rick Deckard y Rachael Rosen interpretan un interesante sainete precoital. Él es un ser humano de carne y hueso y ella es un androide/andy de hechura femenina. Los dos están en la habitación de un hotel puliéndose una botella de bourbon, discutiendo de lo humano y lo sintético como preludio al clímax que tendrá lugar en los siguientes capítulos. Rick se refiere a la vida de los androides como “su versión de la existencia”, quizás olvidando que tiene a uno delante. Rachael le sigue el rollo con una serie de reflexiones muy lúcidas sobre la legitimidad de la vida artificial, pero en realidad tiene sus propios planes para la velada. Rick, en un humanísimo alarde de simplicidad, se está preguntando cómo será besar a un andy. Rachael le recomienda a Rick que no piense demasiado en lo que está a punto de suceder si quiere rendir en condiciones, y a continuación le suelta esta perla: “Te quiero. Si entrara en una habitación y viera un sofá cubierto con tu pellejo, sacaría una puntuación altísima en el test de Voigt-Kampff.”

En la novela, el test de Voigt-Kampff es una prueba que plantea varias situaciones conflictivas para calibrar la respuesta emocional de un sujeto. Los andys de Philip K. Dick son cosméticamente idénticos a los seres humanos, pero son incapaces de sentir empatía. Aunque algunos aprenden a simularla como recurso adaptativo, el test está diseñado para desenmascararlos. La puntuación altísima de Rachael ante un hipotético tresillo forrado con la piel de Rick Deckard quiere decir que la visión la alteraría mucho, y por tanto que tiene sentimientos fuertes por él, aunque su manera de explicarlo sea en sí misma poco empática.

Puede que hayáis oído hablar de un estudio reciente que afirma que los lectores de ficción literaria son estadísticamente más empáticos que los lectores de ficción de género. La noticia tiene mala baba porque respalda un prejuicio elitista y se ha integrado inmediatamente en una campaña que pretende convencernos de que determinados libros te hacen más o mejor persona. Se ha dicho que la gente que lee “buena literatura” aspira a una vida más larga y feliz —vidas múltiples, infinitas, según a quién preguntes—, es más inteligente, sensible y compasiva, y más útil para sus comunidades porque vota mejor. Su cotización como pareja sexual es mayor, si atendemos a una máxima que se ha hecho muy popular: “si no tiene libros en casa, no te lo tires”. Se sobreentiende que hay que comprobar qué libros son antes de sacarse la ropa. No sólo es una bravata estúpida, es que ni siquiera tiene gracia.

El viejo pero infalible discurso del ellos contra nosotros está bien engrasado. La gran ventaja de ser nosotros es no ser ellos, ese porcentaje que nunca lee un libro ni pisa una biblioteca; o ésos que sí leen, pero se tragan cualquier cosa y de cualquier manera. Para formar parte de la élite, por otra parte, basta con arrimarse a los autores pertinentes y dejar que agarre el aura: el lector tendrá la seguridad de estar consumiendo los renglones prescritos para follar mejor, alargar la vida un par de años y optimizar su rendimiento moral. Lo primero que se me ocurre es que bastan diez minutos de bachillerato para dejar de comerse mondongos proselitistas de este calibre. Lo segundo es que apotrilar con individuos que más o menos se te parecen para imponer estigmas a quienes consideras por debajo de tu nivel siempre es una práctica clasista y miserable.

Lo cual nos devuelve al test de Voigt-Kampff. Las vidas de los androides (androide quiere decir “parecido a un hombre”) son tristes, cortas y ajenas a la complejidad de las emociones humanas. Una versión menor de la existencia. Su maldición les condena a ser detectados, perseguidos y retirados. La finalidad del test, por tanto, no es otra que preservar el privilegio de una élite. Despoja a los andys de sus aspiraciones de autenticidad y en el proceso rehumaniza a los humanos: contrasta sus vidas valiosas y auténticas —sagradas— con otras que son sólo un simulacro.

En el capítulo 16 de “¿Sueñan los androides…?”, Rachael Rosen dice: “Es un espejismo la idea de que yo —yo personalmente— existo de verdad; sólo soy una unidad que representa a un modelo.” Se desprestigia voluntariamente porque sabe que corre el riesgo de obviar lo que la hace menos que humana, y porque ha sido diseñada para no usurpar un estatus que no le corresponde. Pero después de la rocambolesca declaración de amor que le dedica a un elemento tan tosco y deteriorado como Rick Deckard, lo inhumano sería no identificarse con la señorita Rosen. El encuentro entre los dos personajes, justo cuando uno se despeña y la otra se eleva, es un momento literario que a mí también me haría puntuar bastante alto en el test de Voigt-Kampff.

No está mal para una novelucha de ciencia ficción.

Texto: Alejandro Basteiro.

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