lunes, 25 de septiembre de 2017

El bisnieto de Darwin murió en la Guerra Civil.

Retrato del escritor y brigadista inglés John Cornford. Fotografía de archivo.
Retrato del escritor y brigadista inglés John Cornford. Fotografía de archivo.

Aún colea esa España mutilada de posguerra. Hoy más que nunca. Los vencedores gastan caballo blanco redentor y espuelas de anulación civil, y avanzan desde su horizonte polarizado de corrupción y ocultismo, en confabulación con la comunidad internacional, que se lava las manos con papel moneda de curso legal. Dirán algunos que es equipararse a Europa, claro, que compartimos unidad de destino, desde luego, pero hoy como ayer yo sólo veo una cosa: provecho, lucro, ganancia. Ya entonces, cuando lo de Franco —¿se acuerdan?—, los organismos internacionales miraron hacia otro lado. “¿Desalojarle del poder?”, se preguntaron los yanquis. ¿Debemos desalojar del poder a un fervoroso anticomunista? No, que la Guerra Fría, que ya se sabe, mejor suscribamos unos pactos bilaterales de mutuo apoyo y santas pascuas, y el Consejo de Europa que se la envaine, pues buenos somos nosotros.

A pesar de todo, si nos remontamos a la Guerra Civil (1936-1939), es posible rastrear el espectro de una acción efectiva y solidaria de allende los Pirineos, algo fraternal y desesperado que se dio en llamar las Brigadas Internacionales, unidades militares de voluntarios extranjeros que lucharon contra los sublevados en un limbo inmisericorde de caspa y padres nuestros, y cuyo arrojo contribuyó a rebajar —acaso— la vergüenza patria que rezumábamos. Provenían de más de cincuenta países, en su mayoría jóvenes sin experiencia militar, y supieron poner la nota cosmopolita a un sinsentido ibérico de patetismo castrense y exaltación nacionalista.

Poco antes de cumplirse el setenta y ocho aniversario de la muerte de uno de aquellos brigadistas, el poeta irlandés Charles Donnelly (1914-1937), quisiera referir las circunstancias en que murieron dos de estos defensores de la libertad, así como elevar una declamatio de acusación contra el régimen ilegítimo que nos gobierna y contra el mutismo y la connivencia de las potencias europeas punteras: ¡Captores! Ah, y que el bisnieto de Charles Darwin murió en la Guerra Civil Española.

“Incluso las olivas sangran”. Estas fueron las últimas palabras que pronunció Charles Donnelly antes de caer muerto en el valle del Jarama, en 1937, en plena contienda. Sin ninguna experiencia fue nombrado comandante de compañía merced a su posición bien considerada entre el republicanismo y a su activismo en Irlanda. Después de un día sin tregua en el campo de batalla, un veterano canadiense recordaría, años después: “… corrimos para cubrirnos, y Charlie Donnelly, el comandante de una compañía irlandesa, se cubrió detrás de un olivo. Cogió un puñado de olivas de la tierra y las fue exprimiendo. Lo sentí decir algo lacónicamente, en un respiro en el fuego de las ametralladoras: even the olives are bleeding”. Poco después fue alcanzado y moría en el acto. Tenía veintitrés años.

El bisnieto de Darwin, John Cornford, escritor y comunista británico (Cambridge, 1915- Lopera, Jaén, 1936), contaba veintiún años y, al calor de su fervor de juventud, se alistó primero en el POUM —Partido Obrero de Unificación Marxista— y después en las Brigadas Internacionales, para combatir el fascismo. Participó en la defensa de Madrid y, luego de ser herido en la Facultad de Filosofía y Letras, fue enviado al frente de Córdoba. Caería cerca de Jaén por volver sobre los pasos de su batallón en busca de su amigo y también poeta Ralph Fox, que había desaparecido. De esas semanas sobreviven una carta que escribió para su novia y tres poemas de los cuales recojo aquí dos estrofas del titulado “Luna llena en Tierz: antes del asalto a Huesca”:

Aunque el comunismo fue mi hora de despertar, / siempre hasta hoy las luces del hogar / brillaron a plena vista claras y seguras / aquí, si te caes, tendrás ayuda / ahora, con mi partido, estoy totalmente solo. / Permite entonces que la lucha interna con mis nervios, / el miedo a un dolor cuyo dolor permanezca, / el amor que me desgarra desde las raíces, / la soledad que se ensaña con mis entrañas, / se fundan en la soldadura del frente que nuestra lucha preserva.

Texto: Martín Parra.

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