viernes, 22 de septiembre de 2017

TravelMotion: conceptos nuevos, viejas prácticas.

En la imagen, una de las bicis de TravelMotion en el madrileño Puente de Arganzuela. Fotografía de archivo.

El gusto corporativo por todo lo minimal, el de sus gerifaltes por simular tentativas de enaltecimiento, alcanza en estos días cotas de genial promesa. ¿A qué levitón no le interesa hoy un logo así como renovado, respetuoso con el medio ambiente, para su empresita recoleta y de operatividad céntrica (Malasaña o barrio “gentrificado” similar)? Debe haber alguna cooperativa de ilustradores, calzada en sus New Balance y jersey Scalpers, que se lo está llevando muerto. No hay duda.

En el sector del transporte, la mensajería y movilidad urbana la lucha está declarada desde hace tiempo. Deliveroo, Urban Courier, Bicihome, y otros supporters de las dos ruedas, pasean ciudades y simpatizantes (con inobservancia de los códigos de circulación y ética, dicho sea) haciendo dinero, pero no sólo: el principal ademán empresarial urbano del siglo XXI dicta “elitismo al alcance de todos”. ¿Qué fabuloso hambriento rechazaría su cifrado e incorporación a ese lobby de lo puntero? La estandarización con lo top ha llevado a Primark, por ejemplo, a ser algo hasta respetado. ¿Por qué? Por cuanto entraña de ruptura periférica su mastodóntico edificio de la Gran Vía madrileña. Por los símbolos. Símbolos, épica, estar donde laten las cosas.

Así, dirigiéndome con este enfoque y trenzado las cosas, fui a parar, una feliz mañana laboral, a la empresa TravelMotion, sita en una cochambre de garaje en la calle Vicente Caballero 12 (O’Donnell). Allí pude advertir en primera persona la cosa embrionaria y falsa (por cuanto, intuyo, la empresa supuestamente se creó para lavar dinero) de toda corporación, siempre una impostura. Se me prometió, a través del gris y acartonado gerente que allí ocupa silla, un contrato de dieciséis horas a la semana, por el que percibiría alrededor de 400 euros. Como luego del primer fin de semana no pudimos ponernos de acuerdo con los horarios, decidí marcharme, rechazar la proposición laboral. ¿Cuánto habría debido cobrar por dieciséis horas de trabajo? No es muy difícil la regla de tres.

En TravelMotion se quiere llevar bicicletas eléctricas a los hoteles, para que los clientes de amplia poltrona no tengan que mover el culo, bandearse por una ciudad hostil. Luego se les solicita, eso sí, que anclen la bici, en la devolución, a una farola cualquiera.

En TravelMotion conduje una camioneta y nadie requirió de mis servicios (cosa que tampoco iba a poder satisfacer, pues la aplicación de solicitud de préstamo no funcionaba, ni tampoco las tabletas de los empleados).

En TravelMotion todo parece limpio, eco- y hasta bio-, pero se perpetúa la dinámica laboral de las grandes corporaciones (vamos, redundar en una explotación del trabajador, al cual, además, se le dificulta el desenvolvimiento de su labor con unas condiciones técnicas pleistocénicas).

De TravelMotion cobré 25 euros por dieciséis horas de trabajo, y ya han dejado de contestarme el teléfono. Mientras —tengo la certeza—, la flamante página web a inaugurar ha salido por unos 9000 euros.

Es una cosa rara, ¿no? Ver a mastodontes financieros (y a sus filiales deliberadamente perpetradas, con nuevos colorines) ponerse la piel de cordero, cuando lo que sigue primando, ¡qué ingenuos, nosotros!, es hacer valer su condición de Cruzados.

A fin de cuentas son, han sido y serán, los hijos de quienes ganaron la Guerra. Yo, particularmente, inicio aquí la mía, Alberto Díez, hasta “oler” esos cien euros, aproximadamente, que se me adeuda.

Texto: Martín Parra.

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