jueves, 14 de diciembre de 2017

Género, religiosidad y Hildegard von Bingen.

Fotograma de la película “Visión” (2009), de la directora alemana Margarethe von Trotta.

Se suele pensar que hacerse hombre o mujer está marcado por un proceso natural de desarrollo. Pero las interpretaciones culturales sobre lo que es masculino y femenino varían mucho de una sociedad a otra. Según Connell, nuestro concepto de masculinidad parece ser un producto histórico relativamente reciente, de unos pocos siglos atrás. Esta idea estaría estrechamente vinculada con el individualismo que surge a partir del Renacimiento (exaltación del hombre y de lo natural; se superan ciertos miedos y algunas certezas hasta entonces consideradas irrefutables comienzan a cuestionarse).

Anteriormente, aunque se sabía que las mujeres eran diferentes a los hombres, se las veía como hombres incompletos; no había una clara diferenciación entre lo masculino y lo femenino (este es el caso del contexto de la película, en que se aprecia cómo se juega con la ambigüedad entre sexos. El hombre, si amanerado, no estaba mal visto). La crisis de la Baja Edad Media y el paso a la Edad Moderna restringió la libertad en lo relacionado con lo sexual (antes se era más libre, y no había tantos impedimentos jurídicos reales para el noble arte del contubernio).

Desde el siglo XII aumenta el número de escritos femeninos, el número de personas ricas que participan en la vida intelectual y espiritual, y el de mujeres que son transmisoras de herencias, lectoras, mecenas, oyentes, tutoras, etcétera. Pero no podemos incurrir en el error de pensar que el género no fuese a influir en las libertades individuales. El género, referido a los aspectos sociales adscritos a las diferencias sexuales, está presente en toda vida social y tiene una gran influencia en la imagen que tenemos de nosotros mismos y en nuestras relaciones con los demás. No es sólo una distinción sexual, sino que implica también un sentido de jerarquía y de poder (los hombres acaparan gran parte de los recursos sociales). En base a esto, la mujer tiene su función y no puede cambiarla a su antojo. En la película, la protagonista parece negarse a aceptar esa limitación y cuestiona la autoridad de una iglesia misógina a la que ella misma pertenece. Estaría resistiéndose a la voracidad del patriarcado y defendería una igualdad para ambos sexos. Esto se plasma en su continua irreverencia: ambición, quiebra de normas (como cuando pretende levantar su nuevo convento), salida en peregrinación, etcétera. Además, al afirmar que conoce los misterios de Dios no revelados a los profetas se sitúa por encima de lo propiamente terrenal, pues nadie es capaz de esto (así se lo recriminan los prelados que evalúan por primera vez su poder).

El género es una construcción simbólica que comporta los atributos asignados a las personas a partir de la interpretación cultural de su sexo: distinciones biológicas, físicas, económicas, etcétera. Una discusión rigurosa sobre género, implica abordar la complejidad y variedad de las articulaciones entre diferencia sexual y cultura. La cultura no viene marcada por el sexo (la confiere el nacimiento), pero sí que puedas acceder a ella en mayor o menor medida, así como las posibilidades que tienes de promocionarte intelectual y laboralmente (las mujeres de la Baja Edad Media con recursos, las mujeres nobles y de la burguesía aprendían doctrina cristiana, a leer y escribir, costura y, a veces, música en su casa, con profesores particulares o con sus madres, también en internados femeninos o en conventos). Algunas de las más afortunadas aún a pesar de no recibir una educación exquisita, eran amas de casa de nobles las cuales custodiaban e inspeccionaban la educación de sus hijos además de coordinar y dirigir a sus sirvientes. Las menos afortunadas, las mujeres campesinas, llevaban a cabo todo tipo de trabajos en el hogar: limpiar, preparar alimentos, cuidar animales, curar e incluso existían amas de casa no privilegiadas que compaginaban el trabajo doméstico y el del taller.

Eran los padres quienes únicamente tenían la potestad de decidir sobre el casamiento de las jóvenes tras largas y complicadas negociaciones sobre la dote. Las que no se casaban y las viudas ingresaban en los conventos, donde se ponían bajo la tutela espiritual de los confesores. Y así lo vemos en la película: entregar una hija al Señor te aseguraba su beneplácito, además de cierto prestigio y otras desconocidas posibilidades (ascenso social en lo referido a estar bien considerado).

Las madres debían enseñar a sus hijas a coser, bordar, y demás menesteres. En caso de no tener madre los hijos debían ser educados por una mujer anciana y en último término por un hombre. Se les inculcaba la pertenencia a su estamento (Hildegard von Bingen nació en el seno de una familia noble alemana), el cuidado de la honra, las historias de la familia, la doctrina cristiana y con menor interés, el aprendizaje de la escritura. Estaban, por tanto, sometidas a la hegemonía masculina, no sólo en el terreno cultural, sino en todos los ámbitos sociales. Los testimonios sobre sus experiencias cotidianas tienen que seguir interpretándose a la luz de las idealizaciones y desprecios masculinos, su comportamiento sigue sujeto a las normas y controles sociales. Pero es cierto que se beneficiaron de las posibilidades de una mayor movilidad social y de los cambios culturales y religiosos aunque en este campo fueron frágiles y vulnerables.

Además, las religiosas, al no casarse, mantenían un mayor grado de autonomía espiritual e intelectual, porque la posición de dominación del hombre reprimía la vida cotidiana femenina y la endurecía hasta el punto de estar legitimados los asesinatos de género. Por tanto, los maridos eran la primera instancia de control social de las mujeres aunque no la única. Los decretos canónicos, que convierten al esposo en su mentor, subrayan su responsabilidad y los métodos que podía adoptar el señor para dominarla. Y se expresa en el derecho de castigo aprobado por las autoridades eclesiásticas y laicas así como el privilegio de romper el matrimonio sin consecuencias (mientras que a las adúlteras se las castiga, ellos no sufrían castigos si se relacionan con criadas, o iban a burdeles). Si iban los casados tenían que pagar una pequeña multa, ya que el matrimonio era de acuerdo con la doctrina de la Iglesia el único lugar donde podía practicarse la sexualidad de forma legítima. Como vemos, moralmente el hombre disfrutaba de una mayor libertad con respecto a la mujer (existía la convicción generalizada de la simpleza y debilidad del sexo femenino, incluso tratados filosóficos o morales, por lo que se trata de preservar el cuerpo femenino).

Otra idea que también quisiera introducir es la de religiosidad como forma de mixtificar o soslayar lo entendido por género. Ya que todo lo de género que pueda definir a una mujer se reduce prácticamente a la nada cuando hay órdenes religiosas de por medio (las posibles exigencias que una mujer reivindique, si en un ámbito religioso, parecen difuminarse pues es más poderosa la entrega al señor y a Dios, y sobre todo es incuestionable).

En el caso de la película “Visión” (2009) hay que destacar el hecho de que la protagonista sea una mujer poderosa, pues Hildegard von Bingen, que es mujer, sí, es también madre superiora (en el primer convento) y abadesa (en el convento que funda de San Ruperto). ¿Esto por qué interesa? Porque es importante advertir cómo una persona de sexo femenino en el poder se reserva para sí prerrogativas masculinas. Es mujer, pero manda allá por donde va. La suerte que tiene y la facilidad con que, en apariencia, consigue lo que se propone, puede difuminar un poco su sentido de la realidad y hacerla querer aún más. En este sentido, no tiene límites la ambición de Hildegard. Pero a pesar de la riqueza y de tener importantes influencias, von Bingen no puede escapar al hecho de vivir en un mundo de hombres. Quizá es por eso por lo que se empecina en salir en peregrinación: no es otra forma sino de cuestionar el orden establecido.

Personalmente, y habiendo indagado un poco más en la vida de Hildegard, me causa estupor los malabares que hizo para evitar el escarnio y el estigma (aunque desacreditada como vidente ya había quedado). ¿Cómo pudo desafiar tan de continuo a las autoridades eclesiásticas (evidentemente también contaba con apoyos) y quedar indemne? Sin duda, ella estaba convencida de que el Señor la guiaba y puede que eso se convierta en legitimador.

Texto: Martín Parra.

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